jueves, 18 de octubre de 2012

Un fin de semana con Pablo Escobar


Posted: 13 mayo 2009 in Juan José Hoyos


Era un sábado de enero de 1983 y hacía calor. En el aire se sentía la humedad de la brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de color verde oscuro se movían con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empezó a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una tras otra se fueron posando sobre las ramas de los árboles como obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos minutos, los árboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos, parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y repentina en aquel paisaje del trópico. Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves que se recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jamás habían oído hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparición de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desató una dura controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Galán Sarmiento.
—A usted le puede parecer muy fácil –dijo Pablo Escobar, contemplando las aves posadas en silencio sobre las ramas de los árboles.
Luego agregó mirando el paisaje, como si fuera el mismo dios:
—No se imagina lo verraco que fue subir esos animales todos los días hasta los árboles para que se acostumbraran a dormir así. Necesité más de cien trabajadores para hacer eso…. Nos demoramos varias semanas.
Pablo Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación nacional según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco pasado de kilos pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de pelo negro y manos grandes con las que había manejado docenas de autos cuando junto con su primo, Gustavo Gaviria, competía en las carreras del autódromo de Tocancipá y de la plaza Mayorista de Medellín.
—Todo el mundo piensa que uso camisas de seda extranjera y zapatos italianos pero yo sólo me visto con ropa colombiana –dijo mostrando la marca de los zapatos.
Se tomó un trago de soda para la sed porque la tarde seguía muy calurosa y luego agregó:
—Yo no sé que es lo que tiene la gente conmigo. Esta semana me dijeron que había salido en una revista gringa… Creo que, si no me equivoco, dizque era la revista People… o Forbes. Decían que yo era uno de los diez multimillonarios más ricos del mundo. Les ofrecí a todos mis trabajadores y también a mis amigos 10 millones de pesos por esa revista y ya han pasado dos semanas y hasta ahora nadie me la ha traído…. La gente habla mucha mierda.
Pablo Escobar hablaba con seguridad, pero sin arrogancia. La misma seguridad con la que en compañía de su primo se montó en una motocicleta y se fue a comprar tierras por la carretera entre Medellín y Puerto Triunfo, cuando aún estaba en construcción la autopista Medellín-Bogotá. Después de comprar la enorme propiedad, situada entre Doradal y Puerto Triunfo, casi a orillas del río Magdalena, empezó a plantar en sus tierras centenares de árboles, construyó decenas de lagos y pobló el valle del río con miles de conejos comprados en las llanuras de Córdoba y traídos hasta la hacienda en helicópteros. Los campesinos, aterrados, dejaron durante un tiempo de venderle tantos conejos porque a un viejo se le ocurrió poner a correr el rumor de que unos médicos antioqueños habían descubierto que la sangre de estos animales curaba el cáncer. Escobar mandó a un piloto por el viejo y lo trajo hasta la hacienda para mostrarle lo que hacía con los animales: soltarlos para que crecieran en libertad. Ahora había conejos hasta en Puerto Boyacá, al otro lado del Magdalena.
Igual que con los conejos, Pablo Escobar consiguió un ejército de trabajadores para plantar palmas y árboles exóticos por el borde de todas las carreteras de la hacienda. Las carreteras daban vueltas, e iban y venían de un lugar a otro de forma caprichosa porque ya Escobar tenía en mente la construcción de un gran zoológico con animales traídos de todo el mundo.
Él mismo, durante muchos meses, dirigió la tarea de poblar su tierra con canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados Unidos, vacas de las tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú. Los animales alcanzaron a ser más de 200. Cuando el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) se los decomisaba, por no tener licencia sanitaria, Escobar enviaba un amigo a los remates. Allí los compraba de nuevo y los llevaba de regreso a la finca en menos de una semana.
Durante varios años, Pablo Escobar dirigió personalmente las tareas de domesticar todas las aves, obligándolas con sus trabajadores a treparse a los árboles por las tardes cuando caía el sol. Cosas parecidas hizo con los demás animales, tratando de cambiar la naturaleza y hasta sus hábitos. Por ejemplo, a un canguro le enseñó a jugar fútbol y mandó a traer desde Miami, en un avión, a un delfín solitario envuelto en bolsas plásticas llenas de agua y amarrado con sábanas para evitar que se hiciera daño tratando de soltarse. Luego, lo liberó en un lago de una hacienda situada entre Nápoles y el Río Claro.
En esa época, Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido elegido para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal que lideraba el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del candidato presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La justicia sólo había proferido contra él una vieja orden de captura que reposaba sin ningún efecto jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí. Por todo esto era fácil obtener una entrevista con él. Escobar se codeaba de tu a tu con todos los políticos de entonces y hasta había sido invitado a España por el presidente electo de ese país, Felipe González. En ese viaje lo acompañaron varios parlamentarios colombianos de los dos partidos. La policía española recibió informaciones de infiltrados en el mundo de la droga según las cuales el principal capo del narcotráfico colombiano se hallaba hospedado en un hotel de Madrid. Por este motivo, fuerzas especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a varios asustados congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado temprano. Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados minuciosamente junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba champaña con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial adonde los había invitado Felipe González.
La entrevista con Pablo Escobar la ordenó Enrique Santos Calderón, columnista del periódico El Tiempo y en esa época director de la edición dominical. La conseguí con la ayuda de un locutor de radio de Medellín que tenía un programa muy popular y que había empezado a trabajar con Escobar como jefe de prensa. El locutor organizó un almuerzo en el hotel Amarú, que entonces era propiedad del primo de Escobar, Gustavo Gaviria.
Durante el almuerzo, Pablo Escobar dio unas breves declaraciones desmintiendo al candidato del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, quien lo había expulsado públicamente de las filas del Nuevo Liberalismo durante una manifestación en el parque de Berrío. En su discurso, Galán acusó públicamente a Escobar de tener nexos con el narcotráfico. Todo esto lo refutó Pablo Escobar ante los periodistas. Luego anunció su candidatura a la Cámara de Representantes por las listas del Movimiento de Renovación Liberal que dirigía el parlamentario Jairo Ortega Ramírez, uno de los lugartenientes más respetados de Santofimio en Antioquia y de López Michelsen en el país. Escobar resultó electo después de una singular campaña en la que sembró árboles por todos los barrios populares de Medellín y construyó e iluminó decenas de canchas polideportivas en los barrios pobres. Además, prometió públicamente a la gente que vivía en los tugurios del basurero de Moravia construir más de 200 casas para que en el futuro pudieran tener una vivienda digna. Después del almuerzo, Pablo Escobar me hizo saber a través de su jefe de prensa, Alfonso Gómez Barrios, que me esperaba en la hacienda Nápoles, en Puerto Triunfo, durante el próximo fin de semana. Los guardaespaldas de Escobar me llamaron al día siguiente y me propusieron encontrarnos en la población de San Luis, a donde yo tenía que viajar para acompañar al entonces gobernador de Antioquia, Nicanor Restrepo Santamaría, a la inauguración de la escuela Juan José Hoyos, que lleva ese nombre en memoria de mi abuelo, un maestro de escuela del oriente de Antioquia.
—¿Cómo hago para encontrarlos si yo no los conozco? –les pregunté a los guardaespaldas de Escobar.
—Tranquilo que nosotros lo encontramos a usted…
Yo, por supuesto, no estaba tranquilo. Había tenido noticias sobre la amabilidad con que Escobar atendía a los periodistas, pero también sabía que todos sus empleados temblaban de miedo cuando él les daba una orden.
Llegué a San Luis poco después del mediodía del sábado. Mientras el gobernador pronunciaba su discurso inaugurando la escuela me di cuenta, muy asustado, de que mi hijo Juan Sebastián, de apenas dos años de edad, había desaparecido. Abandoné el acto y en uno de los corredores de la escuela encontré a un hombre moreno y de apariencia dura cargando a mi hijo. El hombre me miró con una sonrisa. Tenía cara de asesino. Nadie tuvo que explicarme que era uno de los guardaespaldas de Pablo Escobar. De inmediato fui a buscar a Martha, mi esposa, y le dije que ya habían llegado por nosotros. En menos de un minuto abordamos mi carro, un pequeño Fiat 147 que los hombres de Escobar miraron con desprecio. Ellos subieron a una camioneta Toyota de cuatro puertas, con excepción del hombre con la cara de asesino. Él nos dijo que quería acompañarnos en mi carro para que no nos fuéramos a envolatar. Cuando encendí el motor del auto y vi por el espejo retrovisor la camioneta Toyota con esos tres hombres, todos armados, me di cuenta de que estaba temblando. El hombre con cara de asesino trató de serenarme.
—Tranquilo, hermano, que usted va con gente bien…
En seguida abrió un morral que llevaba sobre sus piernas y sacó un teléfono satelital… ¡Un teléfono satelital en esos tiempos en los que en Colombia ni siquiera se conocían los teléfonos celulares!
—Aló, patrón. Aquí vamos con el hombre. Todo Ok. Estamos llegando en media hora.
Cuando cruzamos el alto de La Josefina y empezamos a descender hacia el valle del Río Claro me fui tranquilizando poco a poco viendo por el espejo retrovisor cómo mi hijo jugaba con su madre. Sin embargo, para controlar mejor los nervios le propuse al hombre de la cara de asesino que paráramos en algún lado y nos tomáramos una copa de aguardiente.
—Hágale usted tranquilo, hermano, que yo no puedo. Si le huelo a aguardiente al Patrón, me manda a matar. Nos detuvimos un par de minutos en una fonda junto al Río Claro. Yo bajé solo del carro y me tomé dos tragos. Martha, Juan Sebastián y el guardaespaldas me esperaron sin decir ni una palabra. Lo mismo hicieron los guardaespaldas que venían detrás, en la camioneta Toyota. Llegamos a la hacienda Nápoles cuando ya iban a ser las cuatro de la tarde. La primera cosa que me impresionó fue la avioneta que estaba empotrada en un muro de concreto, en lo alto de la entrada. La gente, que siempre habla, decía que esa era la avioneta del primer kilo de cocaína que Escobar había logrado meter a los Estados Unidos.
Después me impresionaron los árboles alineados en perfecto orden a lado y lado de una carretera pavimentada y sin un solo hueco. Empezamos a ver los hipopótamos, los elefantes, los canguros y los caballos que corrían libres por el campo verde. Mi hijo le dio de comer a una jirafa a través de la ventanilla del auto, con la ayuda del guardaespaldas. A medida que nos adentrábamos en la hacienda íbamos cruzando puertas custodiadas por guardianes. En cada puerta, el guardaespaldas mostraba una tarjeta escrita de su puño y letra por el patrón. Con la tarjeta, las puertas se abrían de inmediato como obedeciendo a un conjuro mágico. Junto a una de las últimas había un carro viejo montado en un pedestal. Era un Ford o un Dodge de los años treinta y estaba completamente perforado por las balas.
—¿ De quién es ese carro? –le pregunté al hombre con cara de asesino.
—Lo compró el Patrón…. Era el carro de Bonnie and Clyde.
Después de atravesar la última puerta cruzamos un bosque húmedo lleno de cacatúas negras traídas del África y otros pájaros exóticos cazados en todos los continentes. Al final estaba la entrada a la casa principal de la hacienda. Bajé del carro, otra vez asustado, y alcé a mi hijo en brazos. Martha abrió la maleta del Fiat y bajó el equipaje. Pensábamos quedarnos dos días de acuerdo con la invitación de Escobar. Lo primero que encontré caminando hacia la casa fue una ametralladora montada sobre un trípode. Me dijeron que era un arma antiaérea. Más adelante había un toro mecánico que un técnico traído desde Bogotá estaba reparando. En la piscina, dos hombres se bañaban. Uno de ellos era un poco entrado en años. Por los uniformes y las insignias que habían dejado al borde de la piscina me di cuenta de que eran dos coroneles del ejército. En ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad fría, pero llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual trabajaba. Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su cuerpo y en su voz aparentaba tener aproximadamente unos treinta y tres años. Me invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde los coroneles seguían disfrutando de su baño. Junto a la mesa donde empezamos a hablar había un traganíquel marca Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La que más le gustaba a Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la dedicaba a su esposa, María Victoria Henao. Ella estaba sentada en otra mesa, a dos metros de la nuestra, acompañada solo por mujeres. Entonces me di cuenta de que todos los hombres y las mujeres estábamos sentados aparte los unos de los otros. Por los corredores de la casa, un niño de gafas pedaleaba a toda velocidad en su triciclo. Era Juan Pablo, el hijo de Escobar. De vez en cuando, una que otra garza blanca llegaba sin miedo hasta el borde de la piscina a tomar agua con su largo pico. En la mitad de la piscina había una Venus de mármol. En un estadero cubierto que podía verse desde la piscina, había 3ó 4 mesas de billar cubiertas con paños verdes. Varios pavos chillaban junto a la puerta del bar donde un mesero joven vestido de blanco preparaba los primeros cocteles de la noche.
Desde donde estábamos también se divisaba un comedor enorme de unos 20 ó 25 puestos. Los pájaros saltaban sobre la mesa comiéndose las migajas de pan que la gente había dejado sobre los manteles. Mirando desde la piscina, las únicas partes visibles de la casa eran el comedor, los corredores y los salones de juego. Aun costado del comedor había un gran cuarto de refrigeración donde se guardaban las provisiones para los habitantes de la hacienda. El resto estaba detrás: dos pisos aislados del área social de la piscina, donde se hallaban las habitaciones. El cuarto de Escobar, totalmente separado del resto de la casa, estaba en el segundo piso, en el ala derecha. Los demás cuartos, estaban en el ala izquierda. La casa no era excesivamente lujosa. Parecía expresamente construida para las necesidades de Escobar: afuera, alrededor de la piscina, espacios generosos para atender a los invitados. Adentro, silencio e intimidad para su familia y para la gente que quisiera recogerse a descansar.
De pronto se hizo el milagro del que ya hablé: las aves empezaron a subir a los árboles y un resplandor blanco iluminó la casa y sus alrededores.
El primer tema que tratamos esa tarde tenía que ver con política y me reveló de inmediato la agudeza de la mente de Pablo Escobar:
—Ese güevón de Carlos Lehder la está cagando con el tal Movimiento Latino… Cree que se puede hacer política con arrogancia.
Mientras hablábamos, Pablo Escobar no fumaba ni bebía ningún licor. Como yo insistí que la entrevista no era para hablar de política pasamos a otro tema, el de la hacienda.
—Las haciendas –me corrigió– porque son como cuatro…
De ellas, por supuesto la niña mimada era Nápoles. Allí tenía el zoológico, el ganado, los aviones, el helicóptero y una impresionante colección de carros antiguos que había ido comprando a lo largo de su vida. Cuando visitamos el garaje donde los guardaba vi también varios autos deportivos cubiertos con lonas y unas cincuenta o sesenta motos nuevas.
Aproveché el tema de los autos para preguntarle por el carro de Bonnie and Clyde.
—Eso es pura mierda que habla la gente. Ese es un carro viejo que me conseguí en una chatarrería en Medellín. Otros dicen que era de Al Capone…
—¿Y los tiros?
—Yo mismo se los pegué con una subametralladora.
Cuando cayó la noche, Pablo Escobar me dio un paseo por toda la finca manejando un campero Nissan descubierto. Me dijo que su lugar preferido era un bosque nativo que él no había dejado tocar de ningún trabajador. Me contó como había arborizado planta por planta toda la hacienda. Me mostró unas esculturas enormes, de concreto, en las que trabajaba un artista amigo. Pensaban hacer dos enormes dinosaurios cerca de uno de los lagos. Me llevó también al lago de los hipopótamos y me mostró un letrero lleno de humor negro que él mismo había mandado a pintar. Ya no recuerdo la frase pero hablaba de la pasividad y de la peligrosidad de estos animales. También me mostró desde afuera una plaza de toros recién terminada Ya muy entrada la noche, Pablo Escobar me invitó a conocer un proyecto hotelero que según él iba a transformar la región de Puerto Triunfo. Era un pequeño pueblo blanco, de estilo californiano, y estaba situado cerca de la hacienda, junto al poblado de Doradal. Para abandonar la hacienda, Escobar llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió que nos acompañara. Volví a sentir miedo: el elegido había sido el hombre con la cara de asesino.
Llegamos a la aldea de Doradal cuando iban a ser las nueve de la noche. Nos sentamos en el bar y pedimos una botella de aguardiente. El guardaespaldas con la cara de asesino miró a su patrón con asombro. Él nos sirvió el primer trago. En ese momento descubrí que a unos metros había una mesa en la que dos viejos amigos míos conversaban con un par de mujeres hermosas. Uno de ellos me descubrió mirándolas y entonces gritó:
—¿Qué estás haciendo por aquí?
Yo fui a saludarlos. Los dos vivían en Bogotá y por la alegría que reflejaban en sus caras pensé enseguida que andaban volados de sus mujeres. Cuando regresé a la mesa, Pablo Escobar me preguntó quiénes eran mis amigos. Yo le dije:
—Son periodistas.
Él propuso que juntáramos las mesas. Quería hacer política. Tenía que hablar con los periodistas. Entonces empezó una de las conversaciones más memorables que yo he tenido en la vida.
Pablo Escobar habló de su proyecto de erradicar los tugurios del basurero de Moravia, en Medellín, y construir un barrio sencillo, pero decente, para los tugurianos. Después se enfrascó en un montón de recuerdos personales: su paso por el Liceo de la Universidad de Antioquia, donde se robaba las calificaciones de los escritorios de los profesores para que ninguno de sus amigos perdiera las materias. Habló de su primer discurso durante una huelga. Fue en el teatro al aire libre de la Universidad de Antioquia.
El guardaespaldas con la cara de asesino se animó a recordar la misma época, cuando los dos eran estudiantes revolucionarios, antiimperialistas, antigobiernistas, etc, etc… Más adelante Pablo Escobar volvió a hablar de política. Dijo que estaba tratando de conformar un movimiento popular y ecológico que iba a cambiar la forma de hacer las campañas electorales en Antioquia y en el país. Cuando la botella iba por la mitad yo me atreví a poner sobre el tapete el tema vedado: el asunto de las drogas. Pablo Escobar ni siquiera se inmutó y empezó a contarnos en forma animada cómo hacía su gente para contrabandear cocaína hacia los Estados Unidos de América.
En esa parte de la conversación donde, por supuesto, no hubo grabadoras ni libretas de apuntes, Pablo Escobar se puso a dibujar sobre un papel el radio de acción del radar de un avión Awac de los que empleaba la DEA para detectar los vuelos ilegales que entraban a la Florida procedentes de Colombia.
—Las rutas de esos aviones –dijo, refiriéndose a los Awac– también tienen precio… Ya hemos comprado varias. Pero lo mejor es entrar a la Florida un domingo o un día de fiesta, cuando el cielo está repleto de aviones. Así no lo puede detectar a uno ni el hijueputa…
El tema de la conversación nos emocionó a todos. Entonces le dije a Pablo Escobar que yo quería escribir esa historia y también escribir la historia de cómo había empezado el problema del narcotráfico en Colombia.
—Pero hay que escribirla como hacen los periodistas gringos, contando las cosas con pelos y señales –dijo él con tono enérgico–, porque si usted la va a contar como la cuentan los periodistas colombianos, no vale la pena. Aquí los periodistas no son sino lagartos y lambones. Lo que hace que estoy en el Congreso, los redactores políticos no se me arriman sino a preguntarme pendejadas con una grabadora en la mano y a pedirme plata… Yo insistí en el tema. Le dije que quería escribir un libro como “Honrarás a tu Padre”, de Gay Talese, un bello reportaje sobre una familia de la mafia italiana en Estados Unidos. Insistí en que quería contar cómo había empezado la historia de la mafia en Medellín.
—Entonces vas a tener que contar la historia de Ramón Cachaco y de todos esos asaltantes de bancos de los años sesenta. Ellos fueron los primeros pistoleros. Muchos de ellos trabajaron para don Alfredo Gómez López, el hombre del Marlboro. A don Alfredo también tenés que entrevistarlo antes de que se te muera. Él vive ahora en Cartagena. Yo te doy una carta de recomendación para él. La mujer de Ramón Cachaco todavía vive en Medellín. Pero para hablar de Ramón Cachaco hay que contar que asaltaba bancos él solo, a punta de pistola, y que siempre usaba vestidos de paño verde y zapatos blancos, y que le gustaba montar en carros Ford y Chrysler de rines cromados.
Cuando evocó al bandido, Escobar recordó un asalto en el que se escapó de la policía armando un bochinche espectacular, tirando billetes a diestra y siniestra por las calles. A partir de ese momento la conversación se volvió mucho más abierta y más animada y en la medida en que Pablo Escobar veía que no estábamos tomando notas, se sentía cada vez más tranquilo. Por eso contó muchas cosas más que todavía no se pueden publicar en ningún periódico. Mientras tanto, el guardaespaldas con la cara de asesino daba cuenta de la botella de alcohol. Nosotros lo secundábamos a un ritmo un poco más lento. A las dos de la mañana ya todos estábamos borrachos y entusiasmados, pero el más borracho de todos era el guardaespaldas, que se había dormido encima de una mesa. Pablo Escobar y yo lo cogimos de los brazos y lo montamos al carro. Afortunadamente, el hombre era delgado.
Escobar encendió el campero y el tipo se derrumbó sobre la banca de atrás. Cuando íbamos por el camino, Pablo Escobar dijo algo que me dejó helado:
—Escribí el libro. Salite del periódico. Yo te doy una beca.
Llegamos a la hacienda Nápoles casi a las tres de la madrugada. La casa estaba en silencio. Había ranas por todos los rincones. Juan Sebastián, mi hijo, todavía estaba levantado y trataba de capturar una viva. Casi no logro convencerlo de que se fuera a dormir. Escobar y yo llevamos al guardaespaldas hasta la cama. Antes de cerrar la puerta le quité los zapatos.
Al día siguiente, muy temprano, la casa volvió a animarse. En el aeropuerto de la hacienda se oían aterrizar y despegar los aviones. Por los preparativos en la cocina parecía que los invitados de ese día eran muchos y muy importantes. Yo me senté junto a la piscina y me puse a mirar cómo el técnico traído de Bogotá acababa de reparar el toro mecánico. Sabía por la esposa de Pablo Escobar que él no se iba a levantar antes de la una o las dos de la tarde.
—Él siempre se acuesta tarde y se levanta tarde.
El primero que llegó a Nápoles ese día fue el senador Alberto Santofimio Botero. Media hora después llegaron en su orden los congresistas Ernesto Lucena Quevedo, Jorge Tadeo Lozano y Jairo Ortega Ramírez. A ninguno de los otros los reconocí, pero había visto sus fotos en la prensa. Todos se sentaron a tomar whisky bajo unos parasoles en los alrededores de la piscina.
Pablo Escobar no salió a recibirlos sino hasta las dos de la tarde. Cuando se acercó a la mesa donde los congresistas conversaban y bebían en forma animada, todos sin excepción se levantaron como si fuera el 20 de julio y el presidente de la República acabara de hacer su entrada al Salón Elíptico del Capitolio Nacional.
Una hora después, una caravana de carros partía de Nápoles hacia una de las fincas de Escobar situada cerca del Río Claro. La casa era una cabaña de troncos construida alrededor de un lago donde el delfín que él había mandado traer desde Miami lloraba y daba vueltas asomándose de vez en cuando a mirar la concurrencia que lo observaba como si fuera un animal del otro mundo.
Después de una corta visita a la finca del delfín, la caravana de carros se dirigió hacia otra finca situada sobre la margen izquierda del Río Claro. Era otra cabaña de madera escondida en medio de un bosque tupido. Los trabajadores de Pablo Escobar iban y venían por la casa y sus alrededores preparando un fogón donde se iba a asar media res para todos los invitados. De pronto, uno de los guardaespaldas de Escobar bajó por el río manejando un extraño bote que parecía un caballo de agua dulce. El aparato tenía casco de acero y estaba impulsado por una hélice de avión Twin Otter instalada en la cola. El aire que desplazaba la hélice impulsaba el bote por el agua, por los pantanos, por la tierra, como si no existiera para él ningún obstáculo que lograra detenerlo.
—Esto es para atravesar los Everglades y todos esos otros putos pantanos de la Florida –me dijo en voz baja uno de los trabajadores de Escobar cuando notó mi curiosidad por el aparato.
Pablo Escobar ordenó que el bote se arrimara a la orilla y se montó en él como un jinete avezado. Uno de sus hombres le cubrió las orejas con unos tapones de corcho para que el ruido del motor de la hélice no lo ensordeciera. Los congresistas fueron invitados a abordar e aparato. Ellos lo hicieron en orden: primero Santofimio, después Lucena y por último Jairo Ortega. Tadeo Lozano se quedó en la orilla. Apenas me vio observándolos desde la orilla, Escobar me hizo señas con la mano para que les tomara una foto. Yo disparé mi cámara, entre sumiso y regocijado. Los congresistas se asustaron cuando vieron la cámara.
Pablo Escobar les dio un paseo por el río. Cuando regresaron, llamó aparte a Alberto Santofimio Botero y le dijo:
—Venga, doctor, le presento a un amigo. Él es periodista de El Tiempo. Santofimio me dio la mano a regañadientes, tragando saliva y sin mirarme a la cara.
—¿Y usted qué está haciendo por aquí hombre? –me preguntó con un gesto de disgusto.
Yo le contesté:
—Lo mismo que usted, doctor…
A renglón seguido Pablo Escobar tomó en sus brazos a mi hijo Juan Sebastián e insistió en que les tomara una foto. El asado terminó poco después de las cinco de la tarde. Me despedí de Escobar y de su guardaespaldas con cara de asesino y regresé directamente a Medellín sin volver a la hacienda Nápoles, donde los aviones iban a recoger a los congresistas y al resto de los invitados.
Al día siguiente fui a la oficina del periódico y llamé por teléfono a Enrique Santos
Calderón.
—¿Como le fue? –me preguntó.
—Muy bien –le  contesté entusiasmado.
En forma breve le conté algunos episodios de la historia. El se rió cuando escuchó ciertos pasajes. Después me dijo:
—Yo creo que podríamos publicar el reportaje el próximo domingo.
Esa misma tarde la revista Semana empezó a circular con un reportaje sobre Pablo Escobar titulado “Un Robin Hood paisa”. La nota era producto de la ofensiva de relaciones públicas que habían comenzado a desplegar los hombres de Escobar y destacaba las cualidades humanas y filantrópicas del nuevo congresista antioqueño elegido en las listas del Movimiento de Renovación Liberal. El escritor del texto decía poco más o poco menos, que los pobres de Medellín por fin habían encontrado su redentor.
Al día siguiente toda la prensa del país se vino en contra de Semana. Un día después, en su editorial, Hernando Santos, en el periódico El Tiempo, recriminó a Semana en términos muy duros y dijo que reportajes como ese sólo contribuían a glorificar a los capos del narcotráfico.
Al mediodía recibí una llamada urgente de Enrique Santos Calderón.
—Olvídate del reportaje con Pablo Escobar….. ¡Y te pido por favor que jamás le vayas a mencionar este asunto a mi papá!
Mi reportaje nunca fue publicado y quedó convertido en unas cuantas notas apuntadas en una libreta que luego perdí. Las fotos de los congresistas quedaron muy bien. Yo las guardé celosamente durante varios años. Mientras tanto en el país las cosas de la política se volvieron cada vez más sórdidas debido al dinero que entraba a montones a las arcas de los partidos por cuenta de los traficantes de drogas. Durante el gobierno de Belisario Betancur, la situación se tornó más tensa cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla decidió enfrentarse públicamente con Escobar, luego de ser acusado de recibir dinero de la mafia. Un tiempo después, Lara Bonilla fue asesinado y un juez de la República dictó auto de detención contra Pablo Escobar y otros capos del narcotráfico por su posible participación en el asesinato del ministro.
Desde entonces, Escobar desapareció de la vida pública. Aunque lo intenté varias veces, con la idea de que me contara unas cuantas historias más, no pude volver a verlo. Luego vinieron la pelea con el cartel de Cali, las bombas, los asesinatos de policías y toda esa larga historia de terror que rodeó a Escobar por el resto de su vida, hasta el día en que fue acribillado a balazos por un comando del Cuerpo Élite de la Policía Nacional, el 2 de diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños.

I LOVE PABLO ESCOBAR


En Medellín, la figura del Capo del Cartel más importante de la historia colombiana sigue presente. A pesar del rechazo de la mayoría, su imagen aparece en remeras, libros, series de televisión y figuritas infantiles. Si uno paga, puede hacer un recorrido por los lugares donde vivió El Patrón. Crónica de un viaje a la patria del narc decó.


 Oscar Cantor baja la vista. Se saca la gorra de visera en un claro signo de respeto. Se persigna. “En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo… Amén”, susurra mientras mira la pequeña lápida negra sobre la que han grabado el nombre de Pablo Emilio Escobar Gaviria. 
“Siempre que vengo le hago una oración al Patrón”, dice Oscar. El grupo de turistas extranjeros que componen el Tour Pablo Escobar en Medellín se aleja de la tumba del Zar de la Cocaína rumbo a la camioneta blanca que los llevó hasta el cementerio Jardines Montesacro. Allí, desde diciembre de 1993 está sepultado el Capo de Capos, el líder del Cartel de Medellín.

***
 Vestido de verde, con un jugador de polo gobernando la zona del corazón, Oscar cree ser el fan número uno de Pablo Escobar. En 2006, participó en un recorrido semiclandestino que hacía otro chico de Medellín con la promesa de conocer cada metro cuadrado con la firma del capo narco.  
--Me di cuenta que yo sabía más que él sobre El Patrón… Eso hizo que armara mi propio tour, con la idea de contar la historia de Escobar como se merece —dice.
Y, por la ventana de un taxi que zigzaguea por las calles de Medellín, señala el camino que conduce desde el centro a la base del barrio Pablo Escobar. Esa será la primera parada del tour que propone y vende por redes sociales y una vistosa página web. 
Según el recorrido, el tour puede costar entre 261 y 1.000 dólares. Oscar dice que la mayoría de sus clientes son del extranjero y que lo que buscan es conocer la historia, pero hay quienes creen que la aventura puede ser más intensa:
— No falta el loco que cree que esto es todo perico (cocaína).

***

No es solo el tour lo que uno puede comprar de Pablo Escobar en Medellín: libros a granel, remeras, fotos y hasta reproducciones en lienzo de una de las pinturas que Fernando Botero creó sobre la muerte del Capo. 
— La mayoría de los que llevan las camisetas son turistas.
Natalia, atrincherada atrás de un mostrador, rodeada de merchandising, habla bajito, como si no quisiera que los comentarios que hace sobre la figura de Escobar se escuchen.
Hay remeras de la virgen María Auxiliadora y el Divino Niño y, también, de Pablo Escobar hablándole a un micrófono, con un fondo de billetes verdes y una leyenda que dice: El Patrón. 
—No deberían venderse ese tipo de camisetas —dice María, una colombiana de unos 50 años, pelo corto y delgadez paisa— Pareciera que en este país no se dan cuenta el daño que nos hizo esa rata. 
Muchos atribuyen el furor actual por el capo a la serie Escobar, el Patrón del Mal que se emite por el canal Caracol de lunes a viernes a las 21 y que ha alcanzado un rating del 26.9 %. Según una encuesta de la revista 15 Minutos, el éxito de la tira tiene varios motivos: los mitos alrededor de Escobar, el valor histórico de la serie, la caracterización de los personajes y la producción. Para otros colombianos, lo único que hace la serie es realzar lo peor de la historia de Medellín. 
—Con la serie ¡peor todavía! ¡no me hable de eso! Con tanta literatura buena que hay de escritores famosos en el mundo, nos ponemos a ver eso… estamos requetecansados, requetecansados de esos temas…

El último hombre muere primero



El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4×4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96.

A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.

Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.

El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.

Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.

Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.

El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.

Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.

Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.

Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.

Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.

El pecado de estar triste

Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.

Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.

A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.

En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.

Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.

Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der Spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.

Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.

El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.

Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».

Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.

Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la Crítica de la razón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».

Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.

Los ángeles caídos se levantan

En sus años de Cambridge, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.

Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.

El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro Anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.

No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.

En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.

La última jugada

¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.

La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.

Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der Spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.

El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.

Ejemplo de cómo escribir una Crónica



TITULAR :VIAJE AL CENTRO DE LA NOCHE
Un fin de semana madrugador en el Cercado de Lima
{LEAD}

Odiado y a la vez querido, el centro de Lima es un corazón con taquicardia. Evitar ir de día es la nueva consigna. No ir nunca de noche, una orden. Lo más alegre son las carcajadas fabricadas por un cómico ambulante; lo más patético, un hombre cayéndose cien veces junto a un bote de basura. Lo más caliente, un caldo de gallina; lo más frío, un niño con una frazada de periódicos en la vereda. Lo más limpio, las calles barridas por madres de familia; lo más sucio, la indiferencia con placa de unos policías. Lo más oscuro, las discotecas estriptiseras. Lo más brillante, el reflejo de una chaveta en el cuello. Lima, la horrible.
{RESTO}

Tambaleándose como si bailara un tango solitario, un hombre atraviesa la medianoche de Emancipación y Rufino Torrico cantando el popular pregón de la esquina "Me han robado". Un minuto antes, venía de la procesión de la Virgen del Carmen, tenía libreta electoral, aliento alcohólico similar al viento de la zona y veinte dólares, pero ahora es un don nadie con el pómulo amoratado por los golpes sin cuenta de protección, ignorado por otra procesión que baila en sus narices los mejores ritmos del Valle del Mantaro en el `Juanito', restaurant Peña Turística, y en el `Salón del Folklor', iluminados danzódromos de exclusivo zapateo provinciano.
Una legión de taxistas acecha desde la puerta a futuros clientes, de preferencia caballeros ebrios proporcionados gentilmente por los guachimanes de los cuarteles de baile. "Para saber con quién se van los clientes", es la versión oficial de por qué los guachimanes apuntan las placas de rodaje. "Para pedirles un porcentaje de la venta de borrachos", acusa un transeúnte que pregunta quién diablos fue Rufino Torrico.
Al pie de un ridículo semáforo en medio de un estacionamiento de taxis, yace un hombre en romance con la vereda. En vez de frente, tiene sangre. Mañana, en vez de memoria, tendrá preguntas. "Lo han pepeado", ilustra un vagabundo. En discotecas del centro, la historia de este hombre se repite: una mujer fatal te seduce, te emborracha, introduce un fármaco en tu trago y a ver si te acuerdas del asalto. "Lo vamos a conducir a la delegación", miente un policía vestido de civil esperando que los periodistas se vayan.
Dos horas después, el patrullero 1812-OA de la Policía de Monserrate ha desaparecido sin la víctima. Cada ensayo del hombre para pararse por su cuenta parece en verdad un porfiado deseo de caerse. Abandonado por los policías debajo del enrejado de la iglesia de San Pablo, la víctima del `pepazo' cae de espaldas junto a un botadero de basura. El honor no se divisa.
Frente al patético espectáculo, agoniza la antigua plazuela San Marcelo. Invadida por la carpa de caldo de gallina `El Triunfo', a los modernos vendedores y comensales les importa un bledo la conservación del pasado colonial. El estómago de los habitantes de la madrugada no admite consideraciones: se ha levantado una escenografía del hambre compuesta por cocina a kerosene, una ollaza con infinitas presas de gallina, televisión en colores, cebollita china, pizarra con ofertas nocturnas, limón en pedacitos y garantizada promesa de yapa. `Remodelación de la plazuela San Marcelo. Financia Mutual Perú', reza el letrero de uno de sus balcones. Palabra de gallina. EL JIRON DE LA UNION HACE LA FUERZA Leslia Jiménez tiene una escoba en el hombro y dos hijos que mantener. Catorce años barriendo el corazón de la ciudad y su único proyecto es preparar el almuerzo. La noche de Leslia empieza a las dos de la tarde; su mañana, a las diez de la noche, cuando uniformadas madres de familia de la Empresa Municipal de Limpieza empiezan a barrer el día que murió en la cuarta cuadra del jirón de laUnión. Atrás, la Plaza de Armas duerme con un solo ojo. El otro es el de los policías y soldados que hacen un brindis con emoliente. ¡Salud!
Inquilino de la noche en la antigua calle Mercaderes, un adulto de dieciséis años domicilia en el Jirón de la Unión 415. Lo llaman `el poeta' y duerme en la puerta. Luego de trece años en el puericultorio `Pérez Araníbar', José Mendizábal Zayas ha regresado a dormir en la misma puerta donde lo abandonaron sus padres a los cuatro meses de edad.
Los transeúntes no pueden evitar detenerse ante la fachada donde se exhibe el más célebre poema escrito jamás en una caja de leche Gloria: `Canto vida y nada más'. Punto. Firma José Mendizábal Zayas, cantautorcito de buses y vendedor de golosinas por la mañana, decano de poetas adolescentes por las noches. De lejos, el poeta parece un `pirañita'.
De cerca, también. Pero apenas abre la boca, sus admiradores al paso no dejan de abrirla: "Debes irte a París", gesticula un ambulante solemne delante de la frazada de cajas de cartón. "Ojalá todos los jóvenes sean como tú", le palmea la casaca que hace tres semanas no se cambia. Lector atlético de Vallejo y Platón, el poeta agradece con las cejas y exhibe dos cuadernazos de doscientas hojas con sus obras completas a plumón. Sus poemarios `Los cantos poéticos ingeniosos de mi vida' y `El amor y la vida', y el ensayo filosófico `La esencia de la vida'. Pura vida.
Magistral demostración de salud pública, señoras y señores, he aquí el boxeo cómico en función de trasnoche, estratégica quinta cuadra del jirón maravilla, cincuenta espectadores y olor a pollo a la brasa, olvídate de esa ingrata, hermanón, importados de la Plaza San Martín, aquí trabajan Cotito, Wafera y Coquín, obreros de la risa ambulante que jamás se jubila, apóyame, no me des la espalda, cara de juez sin rostro, se acabaron tus problemas, se acabó el fin del mundo. Si les gusta, aplaudan; si no les gusta, aplaudan también. Un gancho de izquierda a tu corazón y siete soles para mi bolsillo.
En la esquina con Emancipación, el jirón de la Unión se vuelve súbitamente adolescente. Un par de discotecas psicodélicas que toleran ritmos pegaditos y acrobáticos bombardean más de cien decibeles de éxitos dudosamente musicales a los oídos de mil quinceañeros de todas las sangres. A la salida, vendedores de chicles y caramelos son asediados para disimular alientos pecadores en casa.
Lo indisimulable son los `pirañitas' que juegan a la ronda del robo donde alguna vez funcionara el `Palais Concert' y damas vienesas tocaran el violín. En la octava cuadra del jirón, los pasos de los transeúntes se vuelven obligatoriamente nerviosos, en sus marcas, listos, ya, vámonos rápido. Aquí sobreviven los últimos ambulantes de la noche y los primeros asaltados del día. También la cámara fotográfica del reportero Vicente Montes, quien estuvo a punto de ser madrugado en plena madrugada. Indudablemente, la última cuadra del jirón de la Unión es hija predilecta de la plaza San Martín. Cine Colón a la vista.
Julio Villanueva Chang
PUBLICACION:El Comercio FECHA :06/08/1994 EDICION :Nacional SECCION :Crónicas/Temas PAGINA :C01 FUENTE :Julio Villanueva Chang

viernes, 5 de octubre de 2012

Estos son los pronósticos de los partidos de la selección peruana ante Bolivia (La Paz) y Paraguay (Asunción) por las Eliminatorias al Mundial de Brasil 2014

Bolivia-Perú                                                    Paraguay-Perú
Alumno          Resultado
Huanqui         2-0                                      1-1
Ayaipoma      2-1                                      1-1
Moretti         1-1                                        0-1
Wakay          3-0                                       4-1
Flores           1-1                                       0-0
Motta           2-1                                       2-0
Sipán           1-2                                        1-1
Escobar       0-1                                        1-1
Cadillo        1-1                                         0-1
Vasallo        1-2                                         1-2
Rodríguez    1-2                                        1-1
Chávez        1-2                                        3-1
Pareja          2-3                                       0-1
Vizcarra       1-1                                       0-1
Cutimbo       2-2                                      0-1
Luna             3-1                                     2-0
Guerrero       0-0                                     1-1
Landa           1-2                                     1-2
Profesor:       1-1                                     0-1

martes, 2 de octubre de 2012

Carlos Salinas: "El ser pasional no quiere decir parcializado".


Carlos Salinas. "El ser pasional no quiere decir parcializado". 
El actual Director del diario Líbero visitó la clase de Coberturas Periodísticas en ISIL.

Hoy en día es muy difícil combinar la teoría y práctica en el campo deportivo.
El deporte se ha hecho grande gracias a la tecnología sobre las cual se apoyan los medios de comunicación. La evolución es pieza fundamental para el desarrollo de la telecomunicación. Un claro ejemplo, cuando yo empeze en el año 1986 la tecnología era muy distinta a hoy en día, año 2012.

El periodista deportivo debe tener rigor periodístico y conocimiento sobre muchos deportes. Requiere capacidad para interpretar y analizar todo el volumen de noticias e informaciones que genera el deporte en todo el mundo.
Un periódico deportivo siempre tiene que realzar una imagen y destacarla (Libero realza las estrellas en el extranjero). Hace 5 años era muy difícil colocar en la portada una figura del exterior, la globalización es un factor. El público se identifica con el deportista, el niño esta creciendo en un  mundo globalizado.
En la actualidad vendemos cerca de 280 mil diarios deportivos. Todo esto dirigido a un publico joven (10 años en adelante), es una lectura juvenil que también queremos que llegue a mayores (30 – 40 años).




No todo es fútbol.

El periodista deportivo no debe tener los 5 sentidos en un solo deporte. Debe marcar una posición.
Líbero es el pionero en pegarle a los problemas de los clubes y la realidad nacional (Caso de Pacheco y Alarcón). "La voz del periodista deportivo debe escucharse".
La voz también es pasión. “El ser pasional no quiere decir parcializado”.

El factor del desarrollo económico, está en cada región, el periodismo es fruto de la migración. Se desarrollan distintas portadas para cada región. La idea es brindar la información que pide o solicita el lector (darle lo que quiere).
Líbero cuenta con 3 plantas fuera de Lima, son Chiclayo, Cuzco e Iquitos. La premisa es ubicar el diario a las 5:30 am en Tumbes para su distribución.

“Un diario es como un ser humano, tiene un ADN que lo diferencia del resto, cada uno tiene una personalidad. Líbero no tiene miedo de criticar, comentar, analizar, ya que no se hace amigo del protagonista".
La experiencia de una cobertura te ayuda a desenvolverte en el escenario, este te come.  En una redacción siempre  es importante que se hable mucho para la toma de decisiones.